Durante tres meses y medio, más o menos, conviví con Fran. Con sus veintidos años recién cumplidos, su rebelde pelo rubio, sus falsamente inocentes ojos azules y su cuerpo cincelado como el de la estatua de algún dios del Olimpo, se plantó en mi casa respondiendo a un anuncio que publiqué para compartir mi piso en el centro de Madrid.

A pesar del tiempo que pasamos juntos, los horarios que mi trabajo me imponían impidieron que llegáramos a conocernos en profundidad. Sin embargo, eso no ha impedido que yo le haya adorado desde el primer día que le vi. Y él ha sabido aprovecharse de ello. Simplemente me ha usado para su comodidad en ciertas ocasiones, sin llegar a nada serio del tipo s/m, aunque yo me haya matado a pajas en mi cama soñando con que así fuera. Yo me he encargado prácticamente de todas las labores de la casa, sin que él me lo pidiera. Le he llevado en coche donde me ha pedido.

Sólo una vez me “usó” sexualmente. Llegué a casa del trabajo una hora antes de lo normal, y me le encontré tumbado en el sillón, viendo una película porno, en la que un negrazo destrozaba el culo de una rubia tetona. Mientras tanto, Fran se masturbaba lentamente, con su polla asomando de la cremallera de sus gastados pantalones vaqueros. Cuando entré y le descubrí en plena faena, simplemente giró la cabeza, murmuró un saludo, y siguió atento a la pantalla. Yo intenté tapar con la chaqueta el bulto de mis pantalones, y en plan jocoso, intentando no darle importancia a la situación, le pregunté si necesitaba ayuda.

“No es mala idea. Ven”, me respondió, sorprendiéndome. Dejé caer la chaqueta al suelo y me acerqué, indeciso hasta él. Sin quitar la vista de la televisión, me indicó que me agachara, puso las manos en mis hombros, arrodillándome, y guió mi boca hasta su blanca polla. En una postura bastante incómoda, en especial cuando empezó a pasar el tiempo, mamé aquella polla como si la vida me fuera en ello. Hasta que, coincidiendo con unos gritillos femeninos de placer, provenientes de la película, su cuerpo se estremeció, sacó la polla de mi boca y se corrió en mi cara, mientras yo clavaba mis ojos en los suyos, aunque estos sólo estaban pendientes de la película.

Sin perder un momento, se levantó y fue al baño. Pude oír cómo se duchaba. Tras recuperar el aliento, fui a mi habitación y me cambié de ropa, dejando mis boxers y mi pantalón manchados, al haberme corrido sin tocarme, en la cesta de la ropa sucia. Durante la cena, actuó como si nada hubiera pasado, y nunca más volvió a comentar el tema. Mientras fregaba los platos sucios, me convencí de que aquello era algo que no se repetiría. Él estaba fuera de mi alcance. Le molaban las tías y quizás una mamada de algún marica en momentos en que no tuviera una tía a mano.

Al acostarme no podía dormir, así que me encendí un cigarro y me conecté a Internet. Un mensaje en un inglés bastante defectuoso me llamó la atención. Un tal Mihai había leído mi perfil en una Web de contactos, y le había llamado la atención que entre mis aficiones estaba el uso del PhotoShop, y quería saber si retocaría alguna foto suya. Me picó la curiosidad y le dije que sí. Antes de poder terminar de leer el resto de correos, y abrir los desesperantes archivos pps adjuntos, me llegó otro correo del tal Mihai, con una foto.

Yo esperaba el típico tío que quiere que el PhotoShop convierta su cuerpo en el de Brad Pitt. Sin embargo, la imagen que tenía ante mí era la de un chaval de veinte años, con un físico envidiable. Le respondí pidiéndole que me especificara qué quería exactamente que yo hiciera.

Como respuesta obtuve una invitación a agregarle a mi Messenger, y accedí. Me comentó que quería que añadiera al pie de la foto un texto en un idioma extraño, y que mejorara en lo posible la iluminación. Así lo hice, y de paso, con un traductor online, me enteré del sentido de las palabras que iba a insertar. “De rodillas esclavo, besa los pies de tu dueño”, en rumano. Mi entrepierna reaccionó de forma natural, y me puse a trabajar en la foto. Tras enviarle el resultado, como respuesta me envió otra foto más. De nuevo, impresionante. Así estuve durante tres horas y media, hasta que los ojos me escocían. Hasta que me dijo que se tenía que ir, pero que me haría un regalo por el trabajo. Una invitación a ver su Webcam. Accedí con los dedos temblorosos. Y allí estaba. Mirándome fijamente, levantó el dedo corazón de su mano derecha, sonrió y me ordenó que estuviera conectado al día siguiente a la misma hora. Fue una visión fugaz, antes de desconectarse, pero se quedó marcada a fuego en mi retina.

Las siguientes noches apenas dormí, retocando sus fotos y charlando con él. Sin saber cómo, me fue sacando toda la información que quiso sobre mí, mientras que yo sólo supe que tenía veinte años y vivía en Timisoara. Llegué a obsesionarme con aquel chaval, hasta el punto de que Fran se quejó de mis menguantes atenciones hacia él.

Una de aquellas noches en que me esforzaba por mantener la conversación por msn, mientras trabajaba en sus fotos, me preguntó si podría alojarle en mi casa si decidiera visitar Madrid. Pensé que me estaba probando, y contesté afirmativamente, sin pensarlo. Su siguiente frase me dejó helado, pues me citaba en el aeropuerto para la semana posterior. Estaría en Madrid tres días, pero quería pasar una noche en mi casa.

Tenía que hablar con Fran, mi casi abandonado e inaccesible ángel rubio. Le comenté que un amigo iba a pasar una noche con nosotros y, aunque noté que no le hacía demasiada gracia, no puso objeción alguna.

Los días volaron y, nervioso como ante un examen en el colegio de niño, esperaba en la salida de viajeros del aeropuerto. Apareció, acaparando la atención de las personas que esperaban, con sus pantalones vaqueros ajustados y su chaqueta de cuero marcando sus impresionantes ciento noventa centímetros de cuerpo perfecto. Se puso unas gafas de sol de espejo y se dirigió directamente hacia mí. Me dio la maleta para que la llevara, murmurando un saludo, y me ordenó que le llevara a mi casa.

Durante el camino, me interrogó sobre Fran, de quien yo ya le había hablado. Sonreía mientras yo protestaba por su falta de interés hacia mí, cuando me desesperaba por aceptar el hecho de que, como mucho, me dejaría mamársela alguna otra vez, con suerte.

Al abrir la puerta de casa, Mihai pasó primero y directamente se presentó a Fran, y con una rapidez pasmosa entablaron una fluida conversación. Mientras, yo llevé su maleta a la habitación de invitados, y les serví unas cervezas. Fran estaba tan encantado con la visita que nos invitó a salir con él y sus amigas esa tarde a tomar algo. Sin embargo, Mihai declinó la oferta alegando que estaba cansado del viaje, y prefería quedarse en casa conmigo y charlar. Mi erección y la sonrisa traviesa de Mihai fueron simultáneas.

Cuando Fran se fue, Mihai exigió ver la casa. Obedecí, y acabamos en mi dormitorio. Sus botas de cuero manchaban mi alfombra de 3.000 euros, pero no me atreví a rechistar. Llegó hasta la puerta de mi baño y entró.

“Quiero mear”, me dijo, mientras yo le miraba, clavado al suelo. La bofetada me hizo despertar. Dubitativo, me arrodillé, y bajé la cremallera de sus vaqueros. Al levantar la mirada me encontré con que una de sus cejas se arqueaba como dándome permiso a continuar. Con un pulso lamentable logré tantear y sacar su enorme polla. Estaba medio erecta, pero me pareció gigantesca. La sujeté con delicadeza abarcándola con dificultad con mi puño, y la dirigí hacia la taza. Primero sentí en mi mano cómo el líquido fluía a través de aquel enorme trozo de carne, y al momento salía con fuerza. No apunté bien, y mojó la taza. Corregí la trayectoria y el chapoteo de su orina y su olor intenso hicieron que manchara mis pantalones al correrme. Intenté que no se diera cuenta, pero mis temblores me traicionaron.

“Realmente eres el mierda que imaginaba”, murmuró, mientras terminaba de orinar.

Me apartó la mano de un golpe, y se guardó de nuevo la polla.

“Limpia eso”, me ordenó, señalando la taza. Obedecí avergonzado, lamiendo cada gota de su orina, aún tibia. Incluso me atreví a mojar mi lengua en el fondo y saborear su orina mezclada con el agua, mientras oía sus botas alejarse del baño.

La puerta de la calle sonó al cerrarse. Y pude escuchar la suave voz de Fran explicándole a Mihai que le parecía de mala educación dejar plantado a un invitado, y había decidido quedarse con nosotros. Mihai le respondió que era genial pues yo me encontraba mal y me iba a acostar. Lo dijo bien alto para que yo lo escuchara. Le sugirió que sacara unas cervezas y eligiera una peli para ver en el salón, mientras se aseguraba de que yo estaba bien. Su sonrisa maligna al decirlo me hizo empalmarme de nuevo.

Me llevó hasta la habitación de Fran, abrió el armario, me ordenó desnudarme y se quitó el cinturón. Me metió, arrodillado, en el espacioso armario empotrado y me ató las muñecas a la barra con su cinturón. “No hagas un solo ruido”, me ordenó.

Debí pasar unas dos horas en aquella incómoda postura, cuando escuché que se acercaban unos pasos y entraban a la habitación. No sabría que decirle a Fran si me encontraba así. Pero lo que escuché fue distinto. Eran besos, gemidos, risillas y algún azote. La voz varonil de Mihai insultaba y ordenaba a Fran que siguiera mamando. El tono era especialmente alto, quizás para que yo lo oyera. Casi me estaba radiando todo lo que hacían. Supe que Fran se la tragó entera hasta sentir arcadas, que le azotó el culo con generosidad y que se lo estuvo follando por algo más de tres cuartos de hora sin parar, inmune a las súplicas, algo falsas, de Fran. Y yo atado sin poder ver la escena más morbosa que podría imaginar, con los dos seres más sexuales que había conocido en mi vida a escasos metros de mí. Obviamente me corrí, logrando milagrosamente no producir apenas ruido.

Casi a la vez, un gemido animal me hizo saber que Mihai se corría. Deseé que en su placer influyera el dolor de mis muñecas y mis rodillas y la humillación de obligarme a escuchar cómo se follaba al tío por el que yo me moría y que me resultaba inaccesible.

Pasados unos minutos de silencio, la puerta del armario se abrió de par en par, cegándome unos segundos, por lo que bajé la cabeza al suelo. Los pies más hermosos que jamás había visto estaban allí.

“Aquí tienes el regalo del que te hablé”, dijo Mihai con su acento del Este. “Quiero que lo uses sin límites, que practiques con él todo lo que se te ocurra. Considéralo un préstamo sin límite de tiempo. Me pertenece de por vida, pero no quiero que se oxide… así que manténmelo lubricado, por si vuelvo por aquí.”

Fran me miraba con una mirada extraña, nueva. Supe que había cambiado nuestra relación. Noté algo que sólo un esclavo de verdad puede sentir. Era una mirada calculadora, la que se dirige hacia un objeto valorando las utilidades que se le podrán sacar. Su resistencia. Desaparecida la humanidad del objeto, se le trata como tal.

El hechizo se rompió cuando Mihai volvió a hablar.

“Pero hoy, no. Hoy eres mío”. Mi corazón dio un vuelco al escuchar aquello, y levanté la mirada. Pero no, estaba dirigiéndose a Fran de nuevo. Le empujó suavemente a la cama, donde quedó tumbado y se dirigió hacia mí. Su cuerpo sudado tenía agilidad felina, y marcaba cada músculo en cada movimiento. Me desató y caí desmadejado a sus pies. Me arrastró sin esfuerzo a los pies de la cama. Con uno de sus calcetines, me vendó los ojos y el otro me lo metió en la boca. El sabor era intenso, varonil, fuerte. Me ató esta vez las muñecas a los tobillos, por detrás, y me empujó debajo de la cama. “Que descanses”, me dijo con tono irónico.

Obviamente, no pegué ojo. La cama no dejó de moverse en toda la noche, mientras dos dioses disfrutaban sobre mí, sin ni siquiera poder verlo. Aquello superaba cualquier tipo de crueldad de las que ya había sufrido en manos de algunos amos. Por fin, alguien logró que mi placer fuera cero absoluto.

Con la luz de día el cansancio debió vencerme. Me desperté sobresaltado cuando me arrastraron de debajo de la cama.

“¿Has dormido bien, cerdo?” me preguntó la somnolienta voz de Mihai. Asentí con la cabeza. Con sus dedos me abrió la boca y sacó el empapado calcetín, y al momento me quitó el que me cubría los ojos. Pude ver cómo se los ponía, gimiendo de satisfacción al sentirlo húmedo. Luego me desató y estiré mis agarrotados músculos.

“Sígueme”, me dijo, dirigiéndose al baño. No vi a Fran por mucho que le busqué. “Se ha ido”, murmuró Mihai, leyendo mis pensamientos. “Hoy no se sentará sin acordarse de mí” añadió, con una risilla.

Al llegar al baño me arrodillé, con la lección aprendida. Pero Mihai me dijo que no iba a mear. Puse cara de algo parecido al miedo. Nuca me ha gustado el scat. “No voy a hacer lo que piensas, gusano… pero sé que lo harías si te lo ordenara”. Mi pequeño cerebro era cristalino para él. Sin embargo se sentó, y actuó como si yo no estuviera de rodillas a su lado. Al terminar, se limpió con el papel, se levantó y poniendo su culo frente a mi cara, me dijo “comprueba que está perfectamente limpio… con tu lengua”. Obedecí y pude saborear su culo duro, aventurándome con la lengua a rozar su agujero. Sólo fueron dos segundos, y lo apartó. “Vístete y espérame en la cocina”, me dijo.

En un minuto había obedecido y le esperaba ansioso. Cuando el timbre de la puerta sonó. Pensando que sería Fran, abrí sin preguntar. Y cuál sería mi sorpresa a ver mi hermana Eva en la puerta con su libro de inglés. Mierda. ¡Había olvidado que los domingos por la mañana le daba clases!

“Hola, Eva, perdona, pero lo había olvidado… ¿podrías venir otro día, mejor?”, dije, tartamudeando.

“Hi, who´s this pretty girl?”, sonó la voz de Mihai detrás de mí.

Eva, con sus 19 años, abrió los ojos de par en par, y se presentó, en inglés. Y Mihai siguió la conversación, con cara de niño bueno, educado, adorable. Nos sentamos los tres en el salón, y mientras hablaban, pensaba en cómo librarme de mi hermana. Mihai se excusó, alegando ir al baño, y aproveché para pedirle a Eva que se fuera para poder enseñarle la ciudad a Mihai. Antes de que ella terminara de protestar, me llegó un sms al móvil.

“Lárgate dos horas. Mihai”

La cabeza me daba vueltas. Pero sólo podía obedecer. Ya estaba en esa fase en que Mihai me dominaba sin dejar resquicios a mi voluntad. Le expliqué a Eva que me reclamaban del trabajo por una urgencia. Oportunamente, Mihai entró en el salón y se ofreció a acompañarla hasta que yo volviera. Ella aceptó encantada.

Durante dos horas vagabundeé por el centro, sin saber qué pensar ni hacer. Me preocupaba mi hermana, pero las cadenas invisibles que unen a un esclavo con su Amo son demasiado fuertes. No pasaría nada. Confiaba en Mihai ciegamente.

A las dos horas exactas, llamé al timbre con ansiedad. Me abrió Eva, con la carpeta en la mano, a punto de irse. “Adiós, hermanito. Tardaste demasiado, y me tengo que ir. Lo he pasado muy bien con tu amigo. Hablamos”, y salió disparada escaleras abajo.

Mihai me miraba sonriente. Sus cejas, levantadas. Y su mano derecha sobre el bulto de sus vaqueros.

“Ven, arrodíllate”, me ordenó, con voz ronca. Y así lo hice, entre sus piernas abiertas.

“No sé porqué, pero me gusta que seas mío. Me gusta cuidar de mis cosas”, me dijo mientras me abofeteaba suavemente. “Y creo que te has ganado un premio. Saca mi polla”. No podía creerlo. Por fin. Me costó, pues estaba medio empalmada. Una vez ante mis ojos pude jurar que era la más hermosa del mundo. Mientras su mano derecha estaba en mi mejilla, con el pulgar me abrió la boca. Acercó aquel trozo delicioso de carne a mis labios, pero se detuvo.

“¿Sabes? Tu hermanita es un encanto”, me dijo. Aquel cambio de tema me desconcertó. Aparté mis ojos de su polla, y le miré a los suyos. Se chupaba el pulgar, pensativo, sensualmente. “He disfrutado el rato con ella”, siguió hablando, mientras acercaba el pulgar brillante de su saliva a mis labios y yo lo chupaba ansioso. “Me ha encantado apretar sus tetas duras y manosear su culito”. Me miraba a los ojos esperando mi reacción. No sabía si creerle o no. Pero en ningún caso podría hacer o decir nada. Era suyo. Simplemente me estaba probando, pensé. “Y tiene un coñito delicioso. Cuando tuvo un rato el dedo que tienes en tu boca dentro de él, se corrió gritando de placer”. Seguí mamando su dedo, sin aceptar su provocación. Sonreía.

De golpe sacó el dedo de la boca y me acercó su polla, ya terriblemente dura.

“Espera… quizás no quieras hacerlo”, dijo con un tono suave.

“Sí, por favor, Señor, he soñado con ello innumerables veces. ¿Por qué no iba a querer hacerlo, mi Amo?”

“OK, chupa entonces”, dijo mientras me la clavaba hasta la garganta, y me hacía feliz. Mientras me esmeraba en poder respirar y tragar toda su polla, siguió hablando, suavemente.

“Bueno, no me he follado a tu hermanita por respeto a su novio… pero a cambio, accedió a que le metiera mi polla por el culo. Al principio se resistió un poco, pero luego no quería que parara de jodérselo. Deberías haber visto cómo se balanceaban sus tetas mientras se la clavaba hasta el fondo y se lo llenaba de leche”. Mientras decía eso, su polla se endurecía más y más. Y mi mente bullía aturdida de sentimientos. A cualquiera que me dijera eso de mi hermana, le mataría. Y allí estaba yo, mamando la polla del que se jactaba de haberle hecho eso a mi hermana. Y seguí mamando, hasta que me tragué mi orgullo y una cantidad ingente de su semen, que acabó desbordando mi boca, manchando mis pantalones. Lamí cada gota, en su polla, en el suelo y en mi ropa.

Desde ese momento, ni siquiera me dirigió la palabra, salvo para órdenes muy concretas, como que le llevara al hotel. Una vez allí, y tras subir sus maletas hasta la puerta, me dio una tarjeta. Su nombre, una dirección y un teléfono.

“Si alguna vez te atreves a llevar una vida plena, comprometida con tu dios, ponte en contacto conmigo. Deberás mudarte, pero sabes que merecería la pena. Sabrías lo que es realmente vivir para y por alguien, sin más”. Se dio la vuelta y desapareció hacia los ascensores, seguido por un afortunado botones, y la mirada de deseo de casi todos los presentes.

Vendí el piso a Fran por un precio aceptable. Vendí todo. Y transferí el dinero a la cuenta que Mihai me ordenó. Llevo un año en Timisoara, con una existencia plenamente entregada a mi dios, consecuente con mi naturaleza de esclavo.

One thought on “Relato Gay – MIHAI”

  1. Uff, Demasiado amo. Lo he pasado hasta mal leyéndolo, espero que nunca me toque algo así.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.