Le conocí a través del chat de esta web, agregándonos como amigos, comentando nuestros relatos. Luego, con el tiempo conseguí que me diera su correo y pudimos conocernos por el Messenger. Allí pude comprobar que todo lo que contaba en su perfil era real, no como ciertos mierdas que hay sueltos en la web. Siempre he preferido a un tío que oculta sus datos personales al que miente. Desde el primer momento me había gustado. De mi edad, bakala, estudiante, inteligente con conversación, jodidamente guapo y con un cuerpo muy morboso. Eso sí, me ocupé de que no se me notara demasiado cuánto me molaba.

En cuanto a gustos, coincidíamos bastante. Aunque a mí me pone a mil que me aten para usarme, y a él, no. Pero creo que puedo decir que lo dos sabemos disfrutar de una buena polla, o de todas las que se nos ofrezcan. Y así, hablando por el Messenger, me hizo una oferta muy tentadora. Un Amo al que él quería complacer le había insistido en que fuera a una fiesta con otros tres amigos de aquel. Y le ordenó que buscara a otro chaval de su edad, pasivo y tragón. Evidentemente, acepté la propuesta. ¿Qué más podía pedir? Me petarían el culo varios amos, y él estaría en la fiesta. Sólo le recordé lo del sexo seguro, que en mi caso incluye que no se corran en mi culo, ni siquiera con condón. Me da pánico que se rompa. Manías que tiene uno. Me tranquilizó, diciéndome que respetarían ese límite sin problemas, que lo hablaría antes con el Amo y sus amigos.

Quedamos en la parada de metro de su casa, y nos metimos la hora de viaje hasta el lugar de la fiesta. Confiaba en que mereciera la pena ir hasta tan lejos. Me había puesto mis vaqueros nuevos, y una camiseta bien ajustada, orgulloso de lo que marcaba. Él iba impresionante. Me jodía, pero debía reconocer que a su lado, si tuviéramos que competir, yo saldría perdiendo.

Llegamos al chalet. Nos abrió la puerta el dueño, un tío impresionante. Treintañero, cachas, guapo y con la típica cara de mala ostia que tanto me pone. Nada más entrar y cerrar la puerta, pude ver a un tío sentado en un sillón, fumando, bebiendo una cerveza, concentrado mirando sus botas. Ni nos miró.

Otros dos tíos salieron de una habitación y se acercaron directos a mí, mientras nuestro anfitrión se llevaba a mi colega aparte. Los dos tíos me sacaban una cabeza. Estaban con el pecho descubierto, y sólo llevaban puestos unos vaqueros ajustados, marcando absolutamente cada uno de sus abultados músculos. Bueno, y lo que no eran músculos. Uno de ellos traía un trozo de cuerda, y hábilmente, en segundos, me habían atado los brazos al cuerpo. Una vez inmovilizado, a rastras, me llevaron al salón.

Allí nos esperaba el tío que había visto al entrar. Estaba de pie, mirándome, fumando, desnudo, con la pose más chula que he visto nunca, una mirada de profundo desprecio, y una erección increíble. Al otro lado del salón, mi coleguita estaba de rodillas mamando la polla de nuestro anfitrión, totalmente concentrado, y empalmado. Durante un segundo, me quedé fascinado viendo la escena. Pero un tirón de pelo, me puso de rodillas entre los tres tíos que me iban a usar. Me dispuse a mamar polla, encantado. Los otros dos tíos ya estaban desnudos, y sus pollas tampoco le envidiaban nada a las que había visto por ahora en la casa. Sin embargo, yo no iba a mamar polla. Iban a follarme la boca y la garganta. Mucho mejor, la verdad. Y lo hacían a conciencia. Me las clavaban hasta el fondo, turnándose, entre risas, sin que mi boca tuviera descanso ni un segundo. Atado como estaba y vestido, no podía tocarme. Mejor, porque estaba a punto de reventar el pantalón.

Sin embargo, uno de ellos tenía la solución. De reojo, le vi alejarse del corrillo que me rodeaba y sacar de un cajón unas tijeras. ¿Tan fuerte me habían atado que no eran capaces de deshacer los nudos para desnudarme? Mientras uno de ellos me apretaba la nuca para clavarme la polla hasta la garganta, me llevé la sorpresa. Sentí el frío de las tijeras en el culo. ¡Estaba agujereando mis vaqueros! Intentó meterme la polla, pero el agujero era demasiado pequeño para aquel pollón, así que decidió rasgarlo, dejando mi culo al aire. Lo siguiente fueron dos azotes de tanteo, y unos cuantos más bien duros. Aunque hubiese querido gritar, no habría podido. Mi boca no estaba libre de polla en ningún momento.

Pero al poco, mientras se turnaban en follarme la boca, sí que grité. El tío de las tijeras me había clavado su polla entera, hasta el fondo, de un solo golpe. Dios. Me quería morir. Creía que me había partido en dos, que no volvería a sentarme en mi vida. Los otros ya lo debían tener previsto, porque en ese momento sentí que me sujetaban la cabeza con fuerza, y una tira de cinta aislante me dio dos vueltas a la cabeza, amordazándome. De soslayo pude ver a mi colega durante unos segundos. Yo sabía que él estaba pendiente de si yo hacía el gesto que habíamos pactado si la cosa se salía de los límites. Amordazado, atado, con el culo destrozado dolorosamente por una polla inmensa, y de rodillas mamando otros dos pollones. Ni de coña iba a hacer la seña. Estaba en el paraíso. Y, por lo que pude ver en su cara, él también. Sabía que estaba en su lugar, mamando la polla de aquel Amo, mientras éste disfrutaba del espectáculo de sus amigos jodiéndome.

En cuanto estuve bien amordazado, me tiraron al suelo, sin sacarme la polla bien incrustada en mi culo. El tío que me estaba follando se me tumbó encima, sin parar de bombear salvajemente el culo. Mientras los otros me golpeaban la cara con sus pollas, se sentaban en mi cabeza, me abofeteaban y me insultaban. Se fueron turnando para follarme. Me tenían completamente en sus manos. Me usaban como un juguete, como un trozo de carne. Como lo que me encanta ser.

Ey, tenéis que lapear a éste, todos, como os he dicho, dijo una voz varonil desde el otro lado del salón. Mientras oía el inconfundible sonido de unas bofetadas, pensé en lo afortunado que era mi colega. No sé cuantas veces me habrá contado la escenita de una peli porno que lo ponía a mil, en la que varios tíos lapean desde lejos a un esclavo, a veces acertando, y a veces no. Por fin él iba a ser el protagonista.

Espera tío, que quiero antes soltar la leche con este otro bakalita; todo a su tiempo, que se corran estos, luego yo, y yo guardo mi saliva para luego, contestó el que tenía más pinta de chulo, mientras me golpeaba con su polla bien dura en el careto.

El que me estaba follando en ese momento aumentó el ritmo aún más. Sus huevos golpeaban los míos. Estaba a punto, lo sabía. Sólo confiaba en que recordara mi límite. Nada de correrse dentro. Y así fue. Con un movimiento rápido y ágil, me la sacó de golpe. Me dio la vuelta, se quitó el condón, y se corrió en mis pantalones, en mi paquete a punto de estallar. El cabrón de mi colega debía haberlo comentado, porque eso me vuelve loco. Y para rematar la faena, terminó dejando caer las últimas gotas de lefa en mi cara, sobre mi boca amordazada.

Sin darme respiro el más grande de los tres tíos se puso de rodillas detrás de mí. Me agarró las caderas, me levantó el culo, y con la misma violencia que regía la sesión, me la metió hasta el fondo. Empezó a follarme sin piedad. Era de esos tíos que saben hacerte sentir un simple objeto para su placer. Me encanta que me follen así, como a un puto perro. Al igual que el otro, me la sacó de golpe, se puso en pie y se alejó unos pasos de mí. Mientras unas manos me colocaban de rodillas frente al tío que se alejaba; yo me preguntaba qué coño estaban haciendo. No tardé mucho en averiguarlo. El tío empezó a meneársela salvajemente, y un chorro de lefa salió disparado con excelente puntería para aterrizar entre mis ojos. El siguiente chorro, durante unos segundos pensó dirigirlo hacia mi colega, pero creo que debió pensar que podía fallar y dar a su amigo, y prefirió dármelo a mí. Tampoco falló, y cayó sobre mi frente. Luego se acercó y terminó de dejar caer su lefa en mis mejillas.

Era el turno del más chulo de los tres. Era el momento que más temía. Y el que más deseaba. Me enculó sin piedad, disfrutando del dolor que me producía cada centímetro de su polla. Odio que se dirijan a mí en femenino, pero el tío no paraba de llamarme perra entre dientes, mientras sujetaba un pitillo en sus labios. Él era el Amo, podía llamarme lo que se le antojara.

Mientras me la clavaba hasta el fondo, me gritaba: Eres mi puta perra, o sea, que mejor así, de rodillas. Y mucho mejor así, corridito en toda tu cara por mis colegas, para que huelas a lefa, para que sepas lo que eres, aunque eso ya lo sabe hasta tu madre desde que te parió. Pero no me molan las perras calladas. Putita, es hora de gemir.

Me quitó la cinta aislante de la boca, haciéndome gemir tanto por el dolor que eso me provocó, como por el placer infinito que me estaba provocando su monstruosa polla. El tío cambiaba de ritmo a placer. Lento y rápido. Le sentía sacarla hasta sólo dejar dentro el capullo, para inmediatamente meterla hasta los huevos. Era un dios follando. Mis gemidos se debían oír en todo el vecindario.

¿Veis?, le dijo a sus amigos, así se folla a las putitas. Y más a éstas, que se dejan atar y hacer lo que quieran, ¿verdad? Sus amigos reían, y yo intenté asentir con la cabeza.

En aquel momento me fijé que podía verme en el reflejo del ventanal del salón. Yo estaba a cuatro patas, y el tío que me follaba daba caladas a su cigarro mientras me follaba, se pellizcaba los pezones y miraba hacia mi culo, comprobando como aquella polla descomunal me destrozaba. Pude prever el tremendo azote que me dio, pero lo disfruté igual, mientras gritaba: respira, putita, que va toda dentro. Y lo cumplió. Tenía el culo ardiendo por dentro y por fuera.

Mirad cómo goza, la puta, le gritó a sus amigos que reían, si es que son todas iguales. ¿Verdad que te gusta, puta? Me preguntó. Yo logré murmurar una afirmación entre gemido y gemido. Pues ya está, puta, entonces no te quejes ahora. Empezó a mover sus caderas a una velocidad endiablada, mientras gemía con el cigarro en sus labios. Se iba a correr, lo sentía.

Sin rechistar, puta. Ahora sin rechistar, me gritó.

Mierda. Se estaba corriendo dentro de mi culo. Intenté zafarme, pero atado como estaba, y sujeto por aquel tío con un físico imponente, no pude evitarlo. Le grité, le imploré, le rogué que no lo hiciera.

Que te esperes, puta, fue su única respuesta, mientras me sujetaba con una fuerza casi inhumana por las caderas.

Y ahora, la última calada después del polvo. De puta madre. Mmmmm. Finito.

Y en ese momento, sentí que algo me quemaba el culo. ¡El tío estaba apagando su cigarro en mi culo! Chillé como pocas veces lo he hecho de dolor. Me revolví, y logré caer en el suelo libre de aquel tío, que se reía a carcajadas.

Tumbado en el suelo me quería morir. Aquel cabrón se había corrido en mi culo. No había respetado el único límite que yo había puesto. Me encanta que me humillen, me usen, abusen de mí… pero sólo tengo ese límite, y hasta ese momento todos los amos lo habían respetado. Era algo sagrado.

Creo que en ese momento oí la voz de mi colega. Estaba gritando. No podía ser. Y creo que estaba insultando a tío que me lo había hecho. Se mezclaron más voces. Yo estaba confundido, humillado, cabreado, tirado en el suelo. No prestaba demasiada atención.

De repente, una mano con extrema suavidad, me ayudó a levantarme. No me atrevía a mirarle a la cara, para que no viera mis ojos a punto de llorar, pero me tranquilizó oír la voz de mi colega, que me instaba a levantarme y largarnos de allí. Justo lo que yo deseaba. Sentí que me desataba casi con mimo, y cómo me guiaba hasta la puerta. En la salida, cogió su chaqueta y me anudó las mangas alrededor de mi cintura, cubriendo el roto de mi pantalón. El dolor y el cabreo se habían transformado en una inmensa y cálida gratitud a mi colega. Varias veces me había dicho que lo de no dejar que se corran en mi culo con condón le parecía una exageración, pero siempre lo respetó.

Ya en la parada, se dio cuenta de que no llevaba el móvil, y tras preguntarme por enésima vez si estaba bien, me dijo que le esperara allí, echando un cigarro. Tardó poco, pero volvía con una sonrisa de oreja a oreja. Me revolvió el pelo cariñosamente, y murmuró algo sobre lo difícil que es encontrar un Amo de verdad.

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