Tengo asumido que soy un tiporaro en muchos sentidos. O, por lo menos diferente. Y una de esas rarezas es que disfruto viajando en el servicio público de transportes. Y para ser más concreto, en los autobuses de la EMT de Madrid.

De hecho, los utilizo para ir a trabajar. Y, al usar la misma línea a la misma hora casi a diario, acabas conociendo al resto de los viajeros. Algunos te saludan, y a otros sólo les reconoces de vista. Desde hace un mes, coincido con un chaval nuevo. Ojos verdes, pelo rapado por los laterales de la cabeza, un piercing en la ceja derecha, y pendientes en las orejas. Un tatuaje bajo la oreja, y otro de tipo tribal en la base del cuello.

Lo reconozco: cuando un chaval así me gusta, y no veo posibilidades de llegar a nada con él, cultivo mi fetichismo acaparando toda la información posible sobre él. A base de sentarme siempre en un asiento cercano, pude escuchar algunas de sus conversaciones telefónicas. Unas eran en un idioma extranjero, y otras en español. A través de éstas últimas pude enterarme de que era rumano, trabajaba de once de la noche a siete de la mañana, y compartía piso con un compatriota, cerca de Legazpi.

Uno de los últimos días de calor, se sentó cerca de mí y, cruzando sus piernas, me hipnotizó la visión de su pie, calzando una sandalia, apoyado sobre su rodilla. Sé que no es ético, ni posiblemente legal, pero le hice una foto con el móvil de la forma más sutil que pude.

Él se baja dos paradas antes que yo. Y cuando lo hace, yo le sigo con la mirada mientras el autobús continúa su marcha. Me encantaba su aire de chulito al caminar y su manera de mirar a todos por encima del hombro, con una altivez propia de los diecinueve años. Los cumplió hace dos semanas. Tuvo tantas llamadas de felicitación en el móvil durante el trayecto que estuve tentado de felicitarle yo también. Pero mi estúpida timidez me lo impidió.

A primeros de mes, mi jefe me avisó para que abriera más tarde, pero decidí coger el mismo autobús, observar a mi objetivo, y tomarme una cerveza por allí para hacer tiempo. Aprovechando la coyuntura, me bajé en la misma parada que el chaval. Seguí su misma dirección, de lejos, hasta que entró en una de las naves.

La nave es rectangular, de dos alturas. Creo que tendrá unos cien metros de largo. Pero no estoy seguro. Como decía mi amigo Nacho, yo sólo soy bueno con las medidas de longitud en centímetros, pero con los metros y kilómetros me pierdo. Por el interior, un pasillo recorre toda la nave, quedando los puestos a cada lado de éste. Y a la mitad, hay un pequeño pasillo que conecta dos puertas laterales. En ese cruce hay unas escaleras metálicas que llevan a la cafetería.

Tras almacenar más información sobre el chaval (ya sabía en qué puesto trabajaba), me dirigí a la cafetería. Para mi sorpresa, el bocadillo que me comí era delicioso. Y al bajar por las escaleras, casi tropiezo al comprobar que aquel chaval estaba justo debajo. Bajé lentamente, mirándole por los huecos de los escalones, intentando averiguar qué hacía allí, parado. Desde el último rellano me di cuenta de que estaba trasteando con uno de los aparatos de conexión gratuita a Internet que existen en el polígono. Al pasar a su lado, me paré, hice como que me buscaba en los bolsillos, y tras maldecir por lo bajo, le pregunté si tenía fuego. Y mientras se buscaba un mechero, eché un vistazo a la pantalla. Estaba consultando su correo de Gmail. Sin pensarlo, mis ojos subieron al extremo derecho y leí su dirección. Justo en ese momento, me ofrecía el encendedor. No sé si dio cuenta, pero me marché en seguida tras darle las gracias. A mitad de camino de vuelta a mi puesto, tuve que apuntarme la dirección en la mano, para no olvidarla.

Al día siguiente, desde casa, y tras medio paquete de Fortuna (con la crisis ya ni me acuerdo a qué sabe el Marlboro), decidí crearme una cuenta de correo, y escribirle algo desde ella. No sabía qué decirle. Dudaba entre hacerme pasar por una tía, con el único fin de saber más de él, o de decirle que me gustaba, midiendo las palabras para que no quedara claro mi sexo. Las dos opciones me parecían patéticas, pero la primera me parecía, además, despreciable.

Le envié un sucinto mensaje diciéndole que trabajaba cerca de él, y que verle pasar cerca de mí me agradaba las noches. Vaya cursilada. Me arrepentí nada más darle al botón de enviar, pero ya estaba hecho.

Tardó otros dos días en contestarme. Y leí lo último que esperaba: me daba las gracias, con un español lleno de faltas de ortografía, pero me avisaba que no me ilusionara, pues le gustaban los hombres. ¡Había dado por hecho que yo era una tía! Decidí ir al grano. Además, para intentar ganármelo, utilicé un traductor de Internet para escribirle en rumano (aunque me imagino que la traducción sería tipo indio de película del oeste). Le dije que yo era también un tío, y le propuse conocernos. Me describí, haciendo hincapié en la diferencia de edad (tengo unos quince años más que él), sabiendo que muchos buscan sólo gente joven. Aunque no puedo criticarlo, yo soy el primero que lo hace…

Nos enviamos un par de correos más antes de concretar cómo y dónde quedar para conocernos. Mi idea era tomarme una cerveza con él, sin hacerme más ilusiones. Pero me asombró al invitarme el viernes pasado, en el puesto en el que trabajaba, a las diez y media de la noche. Me esperaría en las oficinas, en la parte de arriba. Cada puesto tiene el almacén al ras de la calle, y las oficinas en un piso superior, a las que se accede por una escalera interior.

Aquel chaval me tenía ya tan obsesionado que no me planteé nada. Y a las diez y cuarto estaba ya de camino hacia su puesto. Mientras fumaba un cigarro, paseé por los alrededores, y comprobé que el fleje del puesto estaba a medio subir, y que no se veía luz en las oficinas. Quizás llegaría tarde. Pero al dar la media, me acerqué, pasé bajo el fleje, y pregunté a gritos si había alguien. Desde arriba una voz con acento extranjero me ordenó que subiera. Y lo hice. A mitad de camino, escuché el sonido del fleje al cerrarse. Me estremecí.

La puerta estaba abierta, y una bombilla alumbraba tenuemente el centro del despacho, presidido por una silla de madera. El resto eran sombras. Todo tan siniestro como para que mi cerebro me gritara que me fuera, mientras estaba a tiempo. Pero mi entrepierna no estaba de acuerdo.

Siéntate.

Y antes de que pudiera acomodarme, dos manos me agarraron las muñecas y me las ataron a la espalda hábilmente. Una voz ronca me susurró al oído que me portara bien y todo saldría bien. Nunca he sido un héroe, y sólo pensaba en cómo me iba a joder que me robaran otra vez el móvil.

En la penumbra frente a mí surgió una llama. Alguien se estaba encendiendo un cigarro. Y al apagarse la llama, el puntito naranja que quedó en las tinieblas empezó a moverse mientras alguien me hablaba con el cigarro entre los labios.

Con la sorpresa inicial y, porqué no decirlo, el miedo, me perdí las primeras palabras de aquel tipo, pero en seguida presté atención.

El pequeño Nico nos ha hablado de tus correos, y nos imaginamos cuáles son tus intenciones respecto a él. Y, como familia que somos, debemos velar por su felicidad.

Poco a poco, mi interlocutor se fue acercando a mí, y salió a la luz. Tendría unos veinticinco años, pelo negro corto, unos ojos oscuros y profundos, y un torso musculado a punto de explotar una camiseta de la selección española de fútbol.

Nico sabía quien eras desde el primer correo que le enviaste. No todos los inmigrantes somos gilipollas como pensáis algunos. Y el caso es que le gustas, aunque no sé realmente porqué.

En ese momento, por mi derecha apareció otro tipo. Probablemente el que me había atado. El contraste era radical. Su piel era blanca como la nieve, y su pelo rubio, casi blanco. Los ojos azules clavados en los míos, con la misma seriedad que los del otro tío. Una camiseta negra de tirantes marcaba un cuerpo fuerte, aunque no tan hercúleo como el de su compañero. Sin decir nada, se puso a mi lado.

¿Te gusta Nico? Pues para poder conocerle, nosotros debemos darte permiso. Y si no quieres, ahora mismo te desatamos, te vas y si nos enteramos de que te acercas a él…

El silencio que terminó la frase era bastante significativo, y no necesitaba aclaración. Asentí tembloroso con la cabeza, sin saber lo que estaba haciendo realmente.

Bien. Para darte el permiso, deberás darnos algo a cambio…

El rubio me desató, y me puso en pie, levantándome por debajo de los hombros como si fuera un muñeco de trapo. Me acercó a su compañero, me hizo arrodillarme y se colocó frente a mí. Ambos estaban apoyados en una mesa.

Suplícalo- me ordenó el moreno.

Por favor, señor, permítame conocer a Nico. Les daré lo que me pidan, aunque no tengo mucho…

Se miraron, sonrieron, y asintieron con la cabeza.

Me tumbaron sobre la mesa. El rubio se puso de tras de mí, y el moreno delante. De repente sentí que me desabrochaban el cinturón, y mis pantalones resbalaban por mis piernas. Y tras unos segundos, la inquietante presión de un capullo contra mi agujero. Aunque intenté relajarme, el miedo y la falta de lubricante hicieron que el dolor que sentí me hiciera abrir la boca para gritar, aunque me contuve.

Aquella polla parecía inmensa, tanto por el grosor como por la longitud. Entraba y entraba y parecía no tener fin. Cuando sus huevos golpearon los míos, apretándome contra el borde de la mesa, pensé que no volvería a sentarme en un mes. Casi como una venganza por no haberle hecho caso en su momento, mi cerebro se preguntaba si Vlad Tepes, el famoso empalador, era compatriota del que en ese momento me atravesaba el culo sin piedad, y habría sonreído si no fuera porque aquel dolor me estaba matando.

Como ya sabía por la experiencia, aquel sufrimiento pronto se transforma en placer. Y así fue. Mientras, el moreno frente a mí, se sacó su polla. Primero la apoyó sobre mi cara, y poco a poco la fue bajando hacia mi boca. Instintivamente, la abrí, provocando una malévola sonrisa en él. No era excesivamente gruesa, pero tenía una buena longitud.

Entró en mi boca despacio, pero no paró hasta que sus huevos golpearon mi garganta. Y allí se quedó. Cuando estaba a punto de intentar sacármela, para respirar, escuché que decía algo en rumano, y ambas pollas salieron a la vez. y al momento entraron de nuevo. Comenzaron a bombearme la boca y el culo completamente sincronizados. Salían completamente y volvían a entrar.

Durante un tiempo que me pareció cortísimo, me follaron sin detenerse. Pero el grosor de la polla que tenía en la boca aumentó considerablemente, mientras escuchaba cómo gemía su dueño. En ese momento alzó la voz, y gritó algo en rumano. La polla que me destrozaba el culo salió de repente, y el rubio se colocó junto a su compañero. Su polla, a escasos centímetros de mi cara, estaba completamente erecta, enorme, blanca, con el capullo húmedo.

Me voy a correr en tu boca, pero no te tragues mi leche, gimió el moreno. Y sentí cómo mi paladar recibía los primeros chorros. Cerré los ojos y me concentré en darle el máximo placer y en no tragar ni una gota, como me había ordenado. Al abrirlos, mi sorpresa fue mayúscula. A mi lado, tragando la polla del rubio, y recibiendo su corrida en la boca estaba Nico. Y al comprobar mi confusión, me guiñó un ojo. Un gemido profundo del rubio anunció que había terminado de correrse.

Ahora ya tienes nuestro permiso. Podrás ver a Nico siempre que quieras, y disfrutar de él. Pero con dos condiciones: primero, que nunca recibamos de él una queja sobre ti, o te arrepentirás toda tu vida, y segundo, que siempre que necesitemos de tus servicios, deberás estar disponible. Bienvenido a la familia.

Nico se giró hacia mí, y unas manos nos acariciaron las nucas, obligándonos a acercar nuestros labios, besándonos apasionadamente, compartiendo y mezclando el tibio contenido de nuestras bocas, antes de tragarlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.